Rosales en el pueblo

Lejos

Ese azul tan saturado, tan contrastado contra ese mar medio verdoso, no era su paisaje. Como no lo era el aroma dulzón que comenzaba a invadir el aire a primera hora de la mañana, cuando los encargados de los puestos del Marché aux fleurs, para ella /magséoflégs/, una de esas imitaciones fonéticas que le servían para ir tirando a tres jornadas de tren de casa, comenzaban a desperdigar el género por los mostradores. Geranios, dalias y camelias, mimosas, lavanda de la Provenza, que inundaban los ojos y el olfato y le traían, por ausencia, los olores que dejó atrás, todos ellos tan lejanos de estos, mucho más agrestes y asalvajados, arraigados en tesos rocosos. En tierras áridas apenas regadas por un riachuelo que conoció mejor vida antes de la construcción del embalse. Cuajado de jaras pegajosas, tomillo de San Juan para aliñar cazuelas son sabor a miseria al fuego de carqueixas secas. Encinas chatas entre los campos y robles y fresnos cerca de las riberas.


El puesto de su patrón estaba un poco más allá de los de los floristas, donde comenzaba la retahíla de tenderetes repletos de cajas de verduras y hortalizas. Las españolas, además de trabajar en el campo, tenían que descargar los cajones y colocarlos del modo preciso que indicaba el señor Faure, un francés afable con los clientes y gruñón con las subordinadas, que regentaba un puesto de flores, otro de verduras y un pequeño bistró muy acicalado al final de la plaza. El orden de aquel /ésóp/, en perfecta armonía estética, se le hacía poco práctico, en realidad, acostumbrada como estaba a arreglar en su tierra cada martes, jueves y sábado su pequeño puesto en el soportal exterior del mercado de abastos de la ciudad. Allí colocaba los tomates, las patatas, los ajos y las cebollas formando un semicírculo a su alrededor, para poder atender sin desviar la mirada, avizor con los descuideros que traía el hambre. Aquí, en Niza, los pimientos eran amarillos, saltones entre el muestrario de orondos tomates rojísimos y alcachofas descomunales. ¡Hasta los calabacines lucían la flor al final de un cuerpito escuchimizado!


– ¡Allez, ‘Silviá’! -le sacó de su ensimismamiento el grito de ‘mesié’ Faure, que siempre acentuaba las últimas sílabas cuando intentaba decir algo en español. 


Había trabajo de sobra. Y había, también, una habitacioncita con humedades en una pensión barata, un lavabo propio y un aseo compartido. Y hambre, muchas veces, porque había que ahorrar todo lo que se pudiera. Y dimes y diretes sobre una fábrica en la que se pagaba más y sobre un cura que acogía españoles en Alemania, en una ciudad casi pegada a los Alpes donde, decían, una tienda enorme tenía unas escaleras de metal que se movían solas. Y unas palabras castellanas que se entrecruzaban en los rellanos sin un solo oído francés que las escuchara con su galimatías de acentos ibéricos. Y un sueño que parecía lejano e imposible, el de regresar pronto, volver a abrazar a los hijos, al guardado de los abuelos, y poder invertir el dinero en una casita de adobe con corral.

-Y gallinas. Habrá que poner un gallinero grande. Las gallinas siempre son muy apañadas -decía ella, agarrada a él, cuando soñaban despiertos para no escuchar el rugido de las tripas.

-Y un cerdo. ¡O dos! -respondía él.

-¡Y vacas! -y casi podía imaginarse sacándolas a pastar y ordeñándolas y haciendo la cama a los cerdos.

Tras los sueños, el despertar crudo siempre parecía menos áspero, edulcorado por la esperanza. Y la rueda volvía a girar, rutinaria, pesada y demoledora, hasta la siguiente noche de insomnio.

-Quiero tener muchas habitaciones -reclamaba ella.

-Cuatro.

-Mejor cinco.

-Que sean seis.

-Y plantaré un montón de flores a la entrada, frente a las piedras en las que me sentaré a ver caer la tarde mientras regresas de encerrar a las gallinas y recoger las vacas.


Los inviernos, con esa humedad que empapaba el ambiente, se sucedían tras unos veranos que por el mismo motivo se volvían atorrantes y sudorosos. El calendario quedó reducido a un sinfín de nombres conocidos. El mes en que se fue Marisa. Cuando vinieron los de Alemania. Cuando salieron los gallegos de vuelta para España. Ellos seguían allí, marcando planes de vida en una libreta vieja llena de números con caligrafía infantil. Casi podía sentir cómo, con cada hoja nueva, perdía el recuerdo de un olor del monte.

-Quiero volver -decía.

-Aún no tenemos bastante -respondía él, y mostraba con resignación la libreta.


Las conversaciones nocturnas se apagaron, primero, y se encresparon después. Los sueños competían y perdían contra las realidades y los hijos crecían y los abuelos enfermaban y el mundo se agrisaba y enlutecían hasta los puestos de flores a sus ojos. Allí, con la mirada puesta en unas mimosas absurdamente repolludas y engreídas, se percató de que no podía olisquear en su memoria las jaras del monte. Le dijo al señor Faure que se iba. Que no volvería. Que se podía quedar el dinero. Le bastaba con que le dejara llevarse una maceta con uno de esos esquejes de rosas rojas aterciopeladas, primas lejanas y orgullosas de las flores blancas y rosas que su madre cuidaba en el patio en el que creció. El esqueje que llevaba en la mano al subir al tren cargada de maletas. El que abrazó para dormirse. El que le devolvió, a medida que la máquina devoraba kilómetros de raíles, los olores perdidos.

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