EL PACTO

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El diablo me agarró del ansia viajera, que me había invadido casi por casualidad después de perder a mi esposa en un maldito accidente, y me propuso un trato. Fue listo, lo reconozco. Se me acercó con sigilo casual en aquel viejo olivo de la Toscana, un recuerdo torturador que me procuraba ese placer doloroso que trae la nostalgia. Volvía a él siempre después de cada viaje, de cada huida hacia adelante intentando apagar los rescoldos de la conciencia. En toda mi vida no había abandonado Figline Val D’Arno, mi pueblo, más que para hacer algún recado burocrático en Florencia, algunas compras todo lo más. Ese paisaje de olivos y cielo violeta me parecía lo más hermoso que podía haber en el mundo, y no había postal, documental de televisión o foto de amigos que me levantara la menor intención de salir de allí ni por un momento.
Mi esposa compartía esa fascinación por nuestro pequeño mundo. Cuando necesitábamos abandonar por un momento la rutina acudíamos al viejo olivo, para nosotros el único en aquel mar de aceite verde y picante. Contemplábamos el atardecer y volvíamos seguros de haber visto el mayor espectáculo al alcance del ser humano.
Pero entonces ocurrió. El accidente, me refiero. Y ella se fue. Y ni el viejo olivo era capaz de retenerme allí. Me faltaba el aire, el cielo violáceo, antaño fascinante, se me antojaba ahora como el causante de la asfixia que me oprimía. Y decidí salir. Primero, cerca. Roma como primer destino. Después Nápoles, Bari, Lecce… Reuní valor para alcanzar Sicilia. Tras cada viaje, tras cada sorbo de alivio, llegaba la vuelta desasosegante, el retorno al viejo olivo y, casi de inmediato, la necesidad de volver a partir. Recorrí toda Italia, palmo a palmo, antes de decidirme a cruzar los Alpes rumbo a Francia, a la glamurosa Cannes.
Para cuando el diablo me visitó llevaba recorrida media Europa y meditaba saltar el charco, o virar el rumbo e imitar a Marco Polo. Había leído y escuchado relatos fantásticos sobre ambas zonas del mapamundi, y el ansia viajera me pedía cada vez un poco más.
-Sé quién eres y el porqué de tu sufrimiento -me interpeló Satanás sin saludo previo.
Y me desgranó con todo detalle cosas que yo pensaba que habían quedado solo en mi cabeza, en mis pensamientos. Para cuando quise reaccionar, me tenía ya embaucado. Incluso cuando osó ponerse, qué paradoja, sincero.
-No te voy a engañar. Quiero tu alma. Ese es mi objetivo en este mundo. Pero a cambio quiero proponerte lo que tu corazón más anhela. El olvido. La huida definitiva. El viaje sin más retornos al viejo olivo.
-Será un viaje muy largo -respondí.
-Tengo tiempo. Parte, viaja, descubre el mundo.
-Todo.
-Todo. Hasta el último rincón, la cascada más remota, el paisaje más escondido y el glaciar más inaccesible. Nada será demasiado lejano o inalcanzable para tus pies.
-¿Y cuando acabe? -pregunté, dando por sentado que una tarea tan titánica nunca concluiría.
-Vendré a por ti y me llevaré tu alma.
Visto en aquel momento no tenía nada que perder. Podría viajar, recorrer el mundo y deshacerme de la punzada siempre presente. Le dije que sí.
Durante muchos años, cientos, miles de años, anduve, escalé, corrí y visité cada peñasco, cada bosque, cada linde del mundo entero. Sin envejecer ni padecer, disfruté de las vistas desde lo más alto del Himalaya, conocí cada hoja del Amazonas y cada especie que habitaba en él, admiré las obras que los hombres dejaban tras de sí y grabé en mis ojos las puestas de sol y los amaneceres más bellos que puede alumbrar nuestro planeta. Olvidé el viejo olivo, y el cielo violeta de la Toscana, adonde nunca más volví. No quise saber qué fue de mi viejo pueblo, ni de su aroma aceitoso. Sólo deseaba viajar un poco más lejos, ver un paisaje más. Lejos de hastiarme, me invadía la necesidad de seguir, de no detenerme nunca y de no dejarme ni una brizna de hierba sin contemplar a mi paso.
Ahora, mientras recuerdo el origen de esta aventura, estoy ante mi último viaje. Apenas a unos kilómetros de Figline Val D’Arno, en medio de un paisaje que miles de años después permanece inalterado, con sus mismos olivos, los mismos tonos morados en el horizonte, el mismo olor a aceite verde. Lo he visto todo. Lo he sentido todo. Es la hora de volver a casa y cerrar el círculo. A apenas unos minutos de aquí está el viejo olivo en el que el diablo me propuso el trato. Empiezo a sentir a mi espalda el hedor a azufre. Sé que es la última escala antes de viajar al infierno, pero no es el destino lo que entristece mi alma.

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